Reportaje a Diana Cohen Agrest

Recogí este reportaje a Diana Cohen Agrest que le hizo la reconocida periodista Magdalena Ruiz Guiñazú porque me pareció un ejemplo de coherencia en un momento de terrible e insoportable dolor. La misma salio publicada en el diario Perfil el día 17/7/2011.

Diana y su marido, Gustavo Agrest. “Esta es una sociedad en la que la ley no funciona. Hay leyes, pero no se las respeta. No hay castigo, pena ni responsabilidad.”

El hijo de la reconocida filósofa, Ezequiel, de 26 años, fue asesinado en un robo. Ella y su esposo dicen que esa muerte sólo tendrá sentido si asumen el compromiso social de colaborar para evitar más violencia. Quiere dar voz pública a las Madres del Dolor, sobre las que escribió premonitoriamente seis años atrás.

La doctora Diana Cohen Agrest es una mujer que muestra un dolor contenido y profundo ante el horror que ha venido a golpear su vida y la de toda su familia. El asesinato de su hijo Ezequiel, de 26 años, viene a inscribirse en la extensa lista de violencia que tanto influye en nuestra vida cotidiana.

—La muerte es un acto absolutamente irreversible –dice lentamente mientras cae la tarde sobre el apacible barrio de Belgrano–. No hay una vuelta atrás y cuando la muerte se produce en alguien tan joven, en un chico que prometía una vida plena de logros y de realizaciones, realmente es un sinsentido. ¿Cómo darle entonces sentido a esa muerte? La única manera es redimensionando ese acto absolutamente individual, familiar, particular y, como tal, intransferible. Y debemos hacerlo en una escala social. Es decir, que la muerte de mi hijo tenga el sentido de poder impedir otras muertes.

Incluso usted aceptó este reportaje como una forma de luchar contra la violencia, que parece haberse hecho habitual.

—Por lo menos, como una forma de reflexionar por un momento acerca de lo que está pasando. En realidad, todos los días muere gente y hay miles de madres que sufren este dolor en silencio porque no tienen acceso a esta posibilidad que yo puedo tener.

Recordamos que la doctora Agrest es filósofa, docente en la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA y autora de varios libros que ilustran su vocación de pensamiento. Y mientras sus ojos muy azules se nublan con frecuencia, ella no pierde la entereza con que explica que “la única forma en la que yo puedo transformar este acto individual que le cuesta la vida a mi hijo en un acto social es haciéndome portavoz de esas Madres del Dolor de las cuales ahora también soy parte”. Le mencionamos que, seis años atrás, ella escribía acerca de lo que podríamos llamar “el destino”.

Usted, doctora, publicó algo que cabe subrayar cuando señalaba que “el mal no siempre le ocurre al otro. A veces nos llega a nosotros mismos y todos, absolutamente todos somos virtualmente padres, hermanos o hijos del dolor”.

—Es cierto. Nunca imaginé que podía tocarme a mí. Que iba a ser una de esas mujeres reunidas por el sufrimiento instalado en sus vidas por una maldita movida del azar. Entonces uno se pregunta: ¿por qué a mí? Pero creo que hay que extender la pregunta a las madres de los desaparecidos, de los caídos en Malvinas, de los muertos en Kheyvis y en Cromañón, en la AMIA. De las familias de tantos otros jóvenes víctimas del gatillo fácil y que son el testimonio incontestable de que nadie está exento de la violencia individual o institucional.

Uno nunca piensa que le va a tocar, repetimos con la incertidumbre de quien vive en un mundo violento.

—Es cierto. Parecería que el mal podría ocurrirle a los otros. Incluso en mi último libro tengo un capítulo dedicado a la muerte y Spinoza ya lo decía: “En realidad, todos nos sentimos eternos…” ¿Por qué? Quizás creemos que la muerte le sucede al otro? Siempre somos espectadores, pero en ese “ser espectadores” uno confía en el orden de las generaciones. Lo normal y esperable (y pongo la palabra “normal” entre comillas porque es un concepto muy cuestionado) es que los hijos entierren a sus padres. Cuando este orden de las generaciones se altera y son los padres quienes entierran a los hijos, se produce una especie de disrupción.

Casi le diría que es antibiológico que uno asista al entierro de un hijo.

—Desde un punto de vista filosófico, también podemos pensar que el orden es nada más que una categoría humana a través de la cual tratamos de hacer más comprensible la realidad. El hecho de que nosotros queramos establecer un orden nos lleva a preguntarnos: ¿en qué medida hay una ley de la naturaleza? Las cosas no son necesariamente así. Las leyes no son tan inexorables como nosotros las pintamos. Es cierto que, habitualmente, son los hijos que entierran a los padres. Es lo esperable y por eso todos confiamos en que ése sea el orden, pero no hay ninguna garantía. ¿Cuánto tiempo vamos a vivir? Nadie lo sabe. Lo que pasa es que confiamos en que se dará lo que la naturaleza supuestamente nos ha asignado.

Como si creyéramos que hay un calendario inapelable, una cierta cronología… Y no es así.

—Lo que sucede (y aquí ya vamos directamente a los casos de los chicos que están muriendo por violencia) es que, a diferencia del chiquito que muere de una enfermedad, lucha contra ella y sabe que se va a morir, el asesinado no sabe que habrán de matarlo. Creo que la transición de la agonía es terrible porque se tiene conocimiento de la propia muerte. En cambio, es una especie de consuelo que los que mueren como mi hijo en una circunstancia inesperada, no saben de su muerte. Cuando se trata de armas de fuego, de tiros tan fulminantes, esa transición no la han vivenciado. Este es el único consuelo. Y vuelvo a poner esta palabra entre comillas. Si es que se puede decir consuelo… Es una muerte más misericordiosa que la de la enfermedad. Podemos decir: ¡qué felices son los animales! Porque ellos no saben de su propio final. Cuando se trata de seres humanos, no logramos dejar de pensar en todo lo que podría haber sido esa vida. En todo lo que ese joven estaba proyectando para sí. Mi hijo era alegre, sano. Sus amores: el cine, la filosofía, sus amigos y Boca Juniors. ¿Cómo, de repente, pudo coartarse así una vida?

Y tal como Diana Cohen lo ha señalado en sus escritos, en nuestro país aparecen las Madres de Plaza de Mayo pidiendo por sus hijos desaparecidos. Luego, en Santiago del Estero y en Catamarca las madres (como en el caso de María Soledad Morales) reclamarían a través de las Marchas del Silencio el esclarecimiento de esas muertes. En una misa celebrada tras una movilización, un sacerdote las comparó con la Virgen María, Madre de dolores y así fue cómo se acuñó el término de Madres del Dolor. “El poder de su movilización” –sigue escribiendo Diana– radica no sólo en la legitimidad y transparencia del reclamo, sino en su paradójica autonegación. Porque en claro contraste con todo movimiento político que, por su esencia misma, aspira a perpetuarse, las madres persiguen, en cuanto colectivo, su anulación. Que no haya más Madres del Dolor.”

—Justamente –insiste ahora–, aquí lo que se busca no es la potenciación de la fuerza, sino la anulación de esa fuerza basada en la impotencia. Y esto debe ser tomado en cuenta porque a mí, en estos pocos días, me ocurrió lo impensable y estoy hablando como una madre que ha sido realmente dañada y hundida en su dolor. Esto va mucho más allá de cualquier bandera o partidismo. Hace prácticamente cuarenta años que estamos sacrificando a los jóvenes. En realidad, esto está sucediendo desde los años 70.

No podemos dejar de preguntarnos, entonces, ¿qué nos está pasando?

—Yo creo que ésta es una sociedad en la que la ley no funciona. No quiero significar que no haya normas. Las hay. Hay leyes. Lo que sucede es que no se las respeta. Entonces, en una sociedad donde no hay castigo ni pena ni responsabilidad, es lógico que sucedan estos hechos. Si la vida no vale nada y todo da lo mismo y los delincuentes entran por una puerta y salen por la otra y el 2 por 1 más todos los artilugios procesales, los mecanismos que se emplean constantemente para que no haya un castigo, todos, en conjunto, se convierten en una especie de caldo de cultivo para que este tipo de acontecimientos se repitan una y otra vez.

La desatención de la ley. Es una explicación muy válida. El atacante de su hijo tenía varias entradas en la Policía.

—No se trata sólo de este caso en particular. Son chicos que empuñan un arma y no lo están haciendo por primera vez. También hay otra cuestión que hay que recalcar (y lo digo más allá del dolor que siento en este momento): creo que somos todos víctimas de todo esto. El chico que empuña el arma también es una víctima.

Sin duda, porque para llegar a la droga y al arma ese joven la ha pasado muy mal.

—Claro, repito, somos todos víctimas de una sociedad donde se desconoce el imperio de la ley.

—Pero eso no le da derecho a matar, tercia Gustavo Agrest, su marido, que ha escuchado silenciosamente nuestra conversación.

Desde ya. “No matarás” es un mandato. Desde millones de años atrás, está suspendido en el tiempo.

—Con mi libro Por mano propia vengo trabajando en esto desde hace mucho tiempo –agrega la doctora Cohen Agrest–. Allí se habla sobre la legitimidad del derecho al suicidio. Una persona que está muy enferma, tiene un cáncer terminal y no quiere seguir viviendo tiene derecho a decidir sobre su propia vida. Sobre eso no tengo ninguna duda porque “no matarás” lleva siglos con el género humano. Ha estado vigente en toda la historia de Occidente. Y en esa misma historia, por primera vez, una persona enferma puede ser mantenida con vida indefinidamente aún sin conciencia. Ese es un caso, pero la contrapartida de estos hechos donde todavía sigue vigente el “no matarás” es precisamente en el caso de estos jóvenes y la gente que quiere seguir viviendo. No hay derecho a disponer de la vida del otro.

Obviamente, el sentimiento de una persona que está sufriendo y no quiere sufrir más es lo opuesto a alguien que está disfrutando de la vida.

—Y si uno es religioso piensa: “Dios me da la vida y Dios me la quita”. Si tiene, en cambio, un pensamiento secular dirá: “Yo soy el dueño de mi vida y no otro hombre que decida sobre ella”. Quizás, si estuviera elaborando todo esto, no lo diría porque éste es un discurso biográfico, puntual, personal y filosófico. Habría que llevar todo esto al drama social. Al drama en el que estamos todos sumergidos cuando entramos en una especie de pendiente resbaladiza como una vorágine, donde estamos sacrificando chicos todos los días. Mire, el viernes pasado fue lo de Ezequiel. El domingo hubo otro caso y ayer también. Una especie de cadena a perpetuidad. Hay que preguntarse entonces: ¿qué hacemos para detenerla?

Parecería una situación mundial. La muerte de los jóvenes aparece como un fenómeno más frecuente en los últimos cincuenta años. Y no hablemos de la Segunda Guerra Mundial. Quizás sea un enfoque equivocado, pero la aparición masiva de la droga, ¿podría ser un detonante?

—Sí, es cierto. No es un fenómeno local exclusivamente, pero mientras en otros países existe una ley y la persona que comete un delito recibe una pena que se hace cumplir, desde el punto de vista social tenemos a una persona que, por lo menos durante un tiempo, no va a delinquir. En cambio, en nuestro país nos encontramos con chicos que son soltados prácticamente de modo inmediato; vuelven a delinquir muchas veces sedados por la droga y viviendo en ambientes absolutamente marginales, con lo cual estamos reproduciendo las muertes amparados por una versión muy cuestionable de los derechos humanos.

También si observamos el egoísmo social que significa el hecho de que a los drogadictos no se les destine una parte importante del presupuesto de Salud y vayan a una cárcel común; es como si afirmáramos una hipótesis de que van a volver a delinquir. Seguramente, las unidades terapéuticas son caras, pero deberían ser muchas más. De la misma manera que apenas hay casas intermedias para el paciente que sale de un hospital para enfermos mentales y aún no está listo para insertarse en la sociedad.

—Me parece que las políticas asistencialistas son muy acotadas y dejan sin cubrir a muchísima gente. Por ejemplo, a estos jóvenes de los que hablamos. En realidad, entonces, se los castiga doblemente porque si el chico está en la droga al no haber la contención social adecuada va a la cárcel. O sea que recibe un doble castigo. Vive en un marco social en el que es muy fácil caer en la droga. Estoy pensando en esas madres que en las villas trataron de sacar a los chicos de la droga y en el padre Pepe que tuvo que irse. Entonces, qué difícil es hacer cualquier cosa. Porque cuando se trata de sacar a la gente de la droga, aparentemente, nos topamos con barreras infranqueables. Tengo entendido que estas madres de las villas fueron incluso amenazadas. Ahí, entonces, nuestra pregunta: ¿dónde está el Estado? ¿Por qué son las madres las que tienen que pelear contra la droga? O: ¿por qué tiene que ser un cura barrial quien se haga cargo? De alguna manera, el Estado tiene que munirse de los elementos necesarios haciendo uso de la capacidad humana y profesional con la que contamos. Hay mucha gente que está capacitada para hacerlo y que, lamentablemente, es relegada.

Quizás también la sociedad deba preguntarse qué tipo de condiciones está brindando como para que sea necesario refugiarse en la droga.

—Me parece que aquí nos enfrentamos con un problema cultural. En general, vivimos con una especie de falta de sentido y con todo el tema de la falta de trabajo los jóvenes ( un grupo etario al que le cuesta inmensamente insertarse laboralmente) cuando dejan el colegio no se ubican laboralmente y esta situación es muy propicia para que, desgraciadamente, entren en el mundo del paco o de otra droga. Y de ese mundo es muy difícil volver.

Las palabras reflexivas de Gustavo vuelven a terciar.

—Es como un círculo vicioso: miseria, falta de educación y de trabajo, plata fácil, droga, delincuencia, crimen y sigue la lista. Y así estamos.

—Originariamente el Estado, señala Diana, por lo menos en etapas contractualistas, era una guerra de “todos contra todos”, donde el derecho de cada uno llegaba hasta donde llegaba el poder. Si yo podía matarte, entonces te mataba porque era mi derecho. Obviamente, esta es una construcción teórica en la que se basan todas las teorías contractualistas desde Hobbes, Spinoza, Rousseau etc. Cuando el Estado se crea se pasa del “Estado naturaleza” al Estado civil, que es cuando el hombre reinicia el ejercicio de su derecho, de su poder. Renuncia a ese derecho, pero a cambio de que el Estado lo proteja. Entonces, en caso de que haya un perjuicio, es el Estado el que va a defender al individuo y no será el individuo el que tenga que salir a defenderse. Esta es la teoría del contrato social que se crea en el siglo XVII y del cual se ocupa Rousseau un siglo más tarde. Y esto es lo que hoy está en crisis. Nosotros hemos renunciado (por lo menos en la Argentina, donde el común de la gente no lleva armas) a lo que ocurre en Estados Unidos, donde el ciudadano lleva el celular y muchas veces un arma. Todavía no hemos llegado a esto. Estamos a tiempo. Todavía podemos decir hasta cierto punto que hay algo que aún no ha ocurrido: que no se ha generalizado el uso de las armas.

Hace algunos años, fue noticia una señora que compraba, pagaba, por las armas que se le entregaban y luego las destruía. Fue un ejemplo para la sociedad, pero no se multiplicó.

—Estas son soluciones que aparecen individualmente en vez de convertirse en políticas sociales. Cabe preguntarnos: ¿por qué seguimos como seguimos? Es un problema que no sólo tiene que ver con la seguridad, sino con que no hay políticas a largo plazo. En otros países (más allá de los cambios de gobierno), cuando se establece una política social, esa política persiste más allá de los cambios que producen los avatares políticos. Aquí, no. Cada equipo que ingresa al poder hace a un lado a la gente que viene trabajando de tiempo atrás y la reemplaza con otra que comienza de cero. Entonces, en el mejor de los casos, confiemos en las buenas intenciones de quienes trabajan en el tema. Sabemos perfectamente que cada gobierno que asume ubica a su propio equipo de gente que, muchas veces, no está capacitada para una determinada tarea. Cuando decía hace un momento que hay mucha gente relegada, me refería justamente a esto. A pesar de tener los conocimientos que brinda la experiencia, esos funcionarios son reemplazados por otros. La “meritocracia” es un término que no existe entre nosotros. Lo consideran un término conservador, pasado de moda y reaccionario. ¿A quién ubican entonces en ese puesto? Al amigo de turno. Los países en los que las instituciones funcionan no realizan estos cambios. El director del hospital seguirá siendo el mismo aún cuando cambie el gobierno. En nuestro país se cambia constantemente a la gente en todas las instituciones. Y mi pregunta es: ¿qué tipo de políticas sociales a mediano y largo plazo van a poder establecerse? Es un problema moral de nuestra Argentina que no sólo tiene que ver con la seguridad, sino que es válida en todos los planos.

En ese living en el que se mezclan los recuerdos familiares de tiempos felices, nos quedamos reflexionando en un silencio en el que toda una familia intenta comprender la horrible adversidad que le ha tocado en suerte.

—Alguien me escribió: “La muerte nos quita todo lo que podría haber sido, recuerda Diana, pero nos regala con todo aquello que compartimos”. Estoy tratando de no preguntarme incesantemente: ¿qué pudo haber sido? ¿Qué hubiera pasado si en lugar de mi hijo…?

Eso se lo va a preguntar siempre.

—Sí, pero no tiene sentido preguntárselo porque las cosas fueron como fueron. A veces tenemos que aceptar el misterio que va a quedar más allá de nuestras posibilidades de conocer. Tenemos que aceptar también que no podemos saber todo.